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mercredi 17 août 2011

Después de todo, River se quitó la tristeza



Por Alberto Cantore 
Se quitó la tristeza, el luto, ese que lo acompañó en los últimos 51 días. Se despojó de la tristeza y la desazón que le oprimía el pecho. Ocultó las lágrimas y el dolor que se enquistó en su cuerpo, después del descenso frente a Belgrano. Finalmente, luego de sentirse vacío, atormentado, ridiculizado, River se regaló una alegría, esbozó una sonrisa, se alimentó de esperanza. Enseñó que tiene argumentos, individualidades para desandar con pie firme el espinoso camino que lo devuelva a primera; también tomó conciencia de que la transición, el paso por la categoría, no será un simple paseo. Así se lo hizo sentir por algunos pasajes del partido Chacarita, un rival que entiende de qué se trata esto de batallar en la B Nacional. El marcador reflejó que fue un éxito apretado, apenas por 1-0. El desarrollo evidenció que River creó situaciones para terminar sin sufrimientos, sin sobresaltos, aunque cuando resignó protagonismo los visitantes se las ingeniaron para preocuparlo. 
Lo resolvió rápido River. En la primera pelota detenida hizo gala del trabajo del cuerpo técnico. El Chori Domínguez jugó un córner corto para Carlos Sánchez, que lanzó la pelota sobre el área: Juan Manuel Díaz anticipó a Páez, se elevó, y con un golpe de cabeza ubicó la pelota junto al poste. Fue una revancha para el lateral, partícipe de la desafortunada acción que finalizó en el gol de Belgrano, que condenó a River al descenso. 
La rápida diferencia invitó a imaginar un amplio dominio, una actuación sustentable. Lo logró con Domínguez, el mayor factor de desequilibrio que presentó el equipo. El talento del delantero, que también se sintió cómodo cuando la necesidad le indicó retrasarse unos metros para conducir desde la zona de los volantes, fue la guía para el resto. No todos siempre lo entendieron. El Chori pretendió abastecer y asociarse con Cavenaghi, el ídolo que retornaba al Monumental, pero el Torito fue absorbido por la marca y nunca encontró el espacio para moverse con facilidad en un terreno que, pesado y resbaladizo por la lluvia, poco favoreció sus movimientos. 
Cuando apostó por la acción individual, Domínguez enseñó estar un par de escalones por encima del resto. Como en la jugada en la que desparramó al arquero Tauber, aunque Pena despejó sobre la línea; como en ese slalom que practicó por la banda derecha y que el poste le negó el festejo. 
Entre los debutantes del nuevo ciclo, la franja derecha fue la más productiva. Abecasis y el uruguayo Sánchez conformaron un interesante tándem ; también Aguirre cumplió, ya que sus características -despliegue, dinámica, el roce- ayudan al volante bahiense a destacarse en esta clase de encuentros. Menos lucido fue el estreno de Lucas Ocampos, un zurdo habilidoso y de larga zandaca, que fue decayendo en su rendimiento debido al cansancio. La peor imagen, sin dudas, la ofreció Alayes, la voz de mando que intenta imponer el técnico Almeyda en la defensa. Lento, dubitativo, ni el juego aéreo -su mayor virtud- lo pudo rescatar de una labor opaca. 
El respeto de Chacarita, que presentó a seis jugadores nuevos entre los titulares, benefició a River, que mostró grietas cuando el rival se animó a lastimarlo. Los pelotazos cruzados, como en el pasado, son un problema sin solución; por esa vía, Bastianini casi logra el empate, pero el uruguayo Díaz rechazó.
El triunfo en el estreno resultó el primer paso de River para retornar a primera. También el mejor antídoto para recuperar la esperanza. 
La Nación

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